En el paisaje está en juego la decisiva contienda del arte contemporáneo respecto a su supuesta orfandad. ¿Qué garantiza el significado del arte si ya lo sublime no ha de ser dicho?
La respuesta a esta pregunta crucial ya nos la sugirió Hölderlin: el fuego del cielo y la quietud de los hombres, su vida en la naturaleza… fui atizado por Apolo.
Como el viento que corre por desoladas landas atizando los carbones vivos de un incendio, Apolo –exiliado ya– atiza con su ausencia el horrorizado corazón del huérfano. La finalmente reconocida impenetrabilidad de la materia del mundo refleja –he aquí la locura de Hölderlin– la opaca impenetrabilidad del cuerpo en el paisaje. Una experiencia vivida de impenetrabilidad, de opacidad, de pasividad, deslinda ahora nuestra habitación en el mundo.
Sin embargo –y éste ha de ser el significado último de la obra de Nelson Vergara– ese cuerpo que recorre el paisaje –contingencia que asume sobre sí misma su propia espacialidad, su propia temporalidad–, ese cuerpo que en el paisaje experimenta su materialidad, ese cuerpo que a diferencia de Hölderlin no enloquece de orfandad –y sin embargo enfrenta el abismo–, ese cuerpo ocasiona su intervalo: … Entiendo, pero incapaz de explicarme sin usar palabras paganas, quisiera callar… (A. Rimbaud, Una temporada en el infierno)
Alejandro Burgos Bernal |